Todo comenzó cuando la captura de peces en el gran estanque empezó a disminuir, sin que nadie lograra entender la causa. No podía tratarse de una mortandad, pues no se veían peces muertos flotando por ninguna parte. El clima y el nivel del agua permanecían inalterados, y tampoco había nada inusual en el aspecto o el sabor de los peces capturados. La gente no tenía la menor idea de lo que ocurría y, lo peor de todo, el descenso no se detuvo. Al cabo de un tiempo, la captura se redujo a la mitad de su tamaño anterior y, más adelante, a solo una cuarta parte.
Había pescadores que creían notar, a veces, extraños remolinos en el agua que agitaban la superficie desde abajo. Reflexionando sobre la inescrutable profundidad del estanque, algunos imaginaron que este podría haberse conectado con vastas masas de agua subterráneas; pensaban que las poderosas corrientes que allí circulaban lograban manifestarse en la superficie y que, arrastrados por ellas, la mayor parte de los peces habían sido succionados hacia el subsuelo. Hasta que, un día, ante uno de estos remolinos, un par de pescadores vieron emerger del agua una hilera de aletas gigantescas. Aquello resolvió el enigma de inmediato: en el estanque habitaba un pez formidable que devoraba a todos los demás, engordando cada vez más a costa de ello.
Todos los intentos por capturar al «Comedón» —como no tardaron en llamarlo— resultaron inútiles. Debía de estar agazapado o escondido en alguna cueva, y parecía mantenerse muy alerta, pues, cada vez que los hombres iban tras él, el estanque permanecía en un silencio sepulcral. Con el tiempo, la captura de peces comunes se redujo a algo tan insignificante que a los pescadores les resultaba más provechoso quedarse en casa para ocuparse de otras tareas; por ejemplo, cuidar de las ovejas. Poder cenar pescado pasó a ser solo un recuerdo, incluso para la familia real. Esta difícil situación, a la que ya se habían resignado en cierta medida, cambió de pronto cuando ocurrió otro suceso extraordinario.
Un día, unos pastores que salían temprano por la mañana hacia sus rebaños se toparon con los restos de una oveja recién devorada. Fragmentos de hueso, mechones de lana ensangrentados y algunas extremidades —orejas, cola y pezuñas— yacían esparcidos sobre la hierba, dando testimonio, de manera a la vez silenciosa y elocuente, de lo que allí había ocurrido. Desde aquel lugar espantoso partía un rastro peculiar: un surco en el terreno, como si alguien hubiera arrastrado un saco pesado, flanqueado a ambos lados por la huella constante de una garra enorme y curva.
Tras una rápida deliberación, los pastores decidieron seguir el rastro; cuál no sería su asombro y su alarma al ver que este se dirigía directamente hacia el estanque y desaparecía en su interior. Regresaron a toda prisa al pueblo, dieron parte de lo hallado y grande fue el revuelo que causó su historia.
El voraz habitante del estanque nunca había sido un simple pez, sino más bien una bestia capaz de desplazarse también por tierra, y con la suficiente agilidad como para atrapar una oveja. Ahora que, al parecer, ya no quedaban peces para saciarla, los habitantes debían vivir con el temor constante por sus ovejas. Estaba en juego un interés común fundamental.
Los nuevos intentos por capturar al monstruo, llevados a cabo con mayores recursos y más personal, resultaron, una vez más, inútiles. El estanque permanecía en absoluta calma. En su refugio inaccesible, la criatura, sin duda, se encontraba digiriendo su presa.

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