Saturday, 31 October 2026

San Jorge . 7 . El plan

Hermanos, seamos razonables. En lugar de desgastarnos en disputas unos a otros, más nos valdría examinar con calma el motivo de discordia que divide a nuestra nación. En lo que respecta al punto en cuestión —el aspecto mismo de nuestro intruso en el estanque—, todos estamos de acuerdo. No hay aquí motivo alguno para desenvainar los cuchillos. No es esto lo que nos separa. Pero, si no es esto, ¿entonces qué es?

Una facción —y, al decir esto, se volvió hacia el ala derecha del consejo— da fe ciega a los relatos de los guardias sobre el aspecto del monstruo. Llamémoslos, pues, «creyentes». La otra facción —y ahora se volvió hacia el ala izquierda— se niega a aceptar estos relatos como veraces; de hecho, consideran muy probable que no se correspondan con la realidad. Llamémoslos, entonces, «escépticos» —o, mejor dicho, «no creyentes»—, y con toda razón.

Ahora bien, estimados colegas del consejo, coincidirán conmigo en que destrozarnos el cráneo unos a otros —todo por la imagen de una criatura que una facción solo vio en parte, y la otra no llegó a ver en absoluto— sería una auténtica insensatez. Y, de hecho, resultaría aún más absurdo, dado que la solución es más que evidente: debemos indagar in la verdad de este asunto y organizar la observación de la bestia. Pues, en efecto, no hay nada que se compare con verlo uno mismo.

Así pues, veamos cómo podemos lograrlo. No será fácil. Los «creyentes» siguen aterrorizados; viven en un miedo constante. Y los «no creyentes» tampoco se atreven a salir de la ciudad a la hora de la ofrenda. ¿Acaso temen que los cuenten como ovejas? —añadió con una sonrisa pícara.

Bueno, hermanos —continuó—, he reflexionado de antemano sobre esta cuestión y estoy aquí para exponerles mi plan.
Deberíamos desplazar, poco a poco, el lugar donde se ofrece a la víctima en dirección a nuestro pueblo. Si lo hacemos con cuidado —sin darle la impresión de que es algo deliberado, pues la bestia podría sospechar que le estamos tendiendo una trampa—, lograremos atraerla hasta nuestras murallas, lo suficientemente cerca como para observarla en acción con total seguridad y tranquilidad.

Pronto quedará claro cuál de las dos facciones tiene la razón y, de este modo, renacerá la concordia en nuestro pueblo. Es más, sabremos de inmediato cómo proceder al respecto: si podremos librarnos de ello o si —dado que su aspecto resulta tan aterrador que nuestras capacidades humanas no tienen la menor posibilidad de éxito— será mejor acostumbrarnos a su presencia. En este último caso, podremos devolver la ofrenda a su lugar actual, ahorrándonos así el sobresalto semanal que supone un spectacle tan espantoso.

Pero, sea cual sea, el resultado de esta investigación, la peligrosa discordia que padecemos actualmente quedará sanada. Y eso, en mi opinión, es lo más importante de todo.


[continuará: 8. La revelación]

Friday, 30 October 2026

San Jorge . 6 . La brecha

Y entonces ocurrió lo improbable. Esta nación, donde la paz y el amor habían reinado de forma absoluta desde tiempos inmemoriales, se dividió en dos facciones enfrentadas con ferocidad: aquellos que creían incondicionalmente en los informes oficiales y sus oponentes, quienes, de hecho, se burlaban cada vez más de ellos. Consideraban que el temor al monstruo no era más que una exageración, por lo que les parecía absolutamente ridículo tener que desprenderse de una valiosa oveja una vez a la semana.

Una comunidad que jamás ha visto alterada su armonía, y que por tanto carece de toda preparación ante tal eventualidad, se siente profundamente desconcertada e impotente cuando, a pesar de todo, el trastorno se produce. Hubo enfrentamientos. Se derramó algo de sangre. En distintos lugares ya se habían acopiado todo tipo de materiales para levantar barricadas improvisadas, por si la situación llegaba a un extremo crítico.
Por primera vez, hubo quienes aprovecharon la confusión general para cometer fechorías. El caos es siempre el caldo de cultivo del delito. Los silenianos aún no habían llegado al punto de perder de vista la diferencia entre un altercado faccioso y un crimen; y, aunque no lograron restablecer su antigua unidad, los malhechores fueron detenidos y encarcelados, tal como se acostumbraba a hacer en otras localidades.

Lo verdaderamente notable de todo este tumulto fue que, en ningún momento, se planteó la cuestión de cuál era la naturaleza de la bestia. Todo giraba, única y exclusivamente, en torno a su apariencia. A nadie parecía importarle —ni siquiera le preocupaba— si poseía un espíritu benévolo o malvado. Sometidas a las dinámicas de polarización y escalada, las opiniones contrapuestas se distanciaron cada vez más, mientras sus defensores se atacaban entre sí con una ferocidad y una brutalidad crecientes. Se vislumbraba una parálisis mutua del comercio, y la sociedad se tambaleaba al borde de una guerra civil.

Quien con mayor claridad percibió esto —y, por consiguiente, quien más profundamente lamentó el estado de las cosas— fue el consejero más joven; y, puesto que había logrado conjurar la amenaza anterior con su discurso, reflexionó sobre cómo podría poner fin de nuevo a esta situación tan peligrosa.
En el consejo —donde la discordia se había extendido de tal manera que, salvo en lo tocante a los crímenes, que todos condenaban por igual, la toma de decisiones había quedado totalmente paralizada—,
su razonamiento fue el siguiente.


[continuará: 7. El plan]

Thursday, 29 October 2026

San Jorge . 5 . Rumores de discordia

El consejero más joven parecía haber dado en el clavo, pues los acontecimientos posteriores confirmaron sus propias palabras. El sábado siguiente, los exploradores encontraron, una vez más, los restos de una oveja recién devorada. Se eligió un lugar fijo, no lejos del estanque, donde a partir de entonces la víctima sería atada firmemente a un poste. Esto marcó el inicio de una nueva situación a la que todos se acostumbraron con bastante rapidez y que terminaron por aceptar. Sobre todo porque, tal como se había predicho, no hubo rastro alguno del monstruo durante el resto de la semana. Así pues, todo pareció volver a ser como antes y cada cual retomó sus actividades habituales. En cada ocasión, el valor de la oveja le era reembolsado a su propietario con cargo a los fondos comunes.

No había, por el momento, indicio alguno de que hubieran entrado en una era de mayor felicidad. Lo que sí surgió, sin embargo, fue una leve inquietud y una sensación de asombro, y, sobre todo, curiosidad. Aunque nadie volvió a ver al misterioso habitante del estanque tras aquel primer encuentro, este seguía ocupando los pensamientos de la gente. Su aspecto aparecía, en los relatos, sumamente embellecido. El sendero que iba desde el estanque hasta el lugar de los sacrificios, cada vez más marcado, les inspiraba un respeto tal que les impedía cruzarlo. Todos evitaban acercarse al sitio de las ofrendas, manteniéndose a una distancia prudente.

Si bien nadie lograba reunir el valor suficiente para espiar al animal mientras se alimentaba, el deseo de verlo —simplemente por verlo— cobraba cada vez más fuerza, especialmente entre los más jóvenes. A medida que el día del primer susto se alejaba en el tiempo, aumentaban las dudas sobre los detalles de su aparición. Se oían voces que sugerían que la bestia probablemente decepcionaría, que su descripción había sido más bien producto del impacto y la imaginación que de una observación real —algunos incluso hablaban de sugestión o histeria colectiva—, y que aquel ser, al que toda la comunidad rendía honores casi divinos, tal vez no fuera más que un simple cocodrilo.

Por primera vez en la historia de esta sociedad, aparecieron pasquines en los muros: mensajes que expresaban aquello que, por entonces, aún se consideraba inapropiado decir en voz alta.
Los anteriores centinelas —aquellos que en su momento habían ocupado los puestos de vigilancia—, los testigos presenciales y los informadores, junto con sus representados, se sintieron profundamente agraviados por estas injurias y se defendieron con vigor.
«Ya que sois tan valientes, id vosotros mismos a comprobarlo», replicaron. Pero nadie se atrevió.


[continuará: 6. La brecha]

Wednesday, 28 October 2026

San Jorge . 4 . El consejero

El más elocuente de los guardias actuó como portavoz y, con cada una de sus palabras, los rostros de los miembros del consejo palidecían aún más. En el desconcierto absoluto que siguió, estalló un tumulto de discusiones caóticas que el rey —en su calidad de presidente de la asamblea— intentó contener en vano. Hasta que, finalmente, el consejero más joven —una mente brillante, incorporado al consejo por su gran sensatez— alzó la voz y logró aplacar los ánimos exaltados mediante la siguiente intervención:

Hermanos, seamos razonables. Todos debemos alimentarnos, al igual que el resto de los animales. Mientras estemos vivos, nadie escapa a la necesidad de tener que comer. Que la bestia observada por nuestros guardias tuviera hambre tras haber ido acabando poco a poco con todos los peces del estanque, y que buscara una alternativa, no es más que su sumisión a la Ley de la Naturaleza.
No podemos reprochárselo.

Si hemos de creer la descripción que se nos ha dado, parece tratarse de una criatura capaz de causarnos un gran daño; es más, podría sumir a toda nuestra comunidad en la miseria. Sin embargo, hasta ahora no ha hecho nada parecido. Jamás ha llegado a tocarle un solo cabello a nadie, y mucho menos a lastimarlo. Bien podría ser, de hecho, una criatura inofensiva, cuya apariencia aterradora y voz espantosa no sean más que mecanismos de defensa. Así es el mundo animal. Es más, incluso entre los seres humanos hay quienes ocultan un corazón tierno tras una mirada severa y una actitud hosca.

Si este es nuestro punto de partida, y, a decir verdad, ¿por qué habríamos de temer de inmediato lo peor?, podemos razonar de la siguiente manera:
— Últimamente, la bestia ha sentido, al parecer, la necesidad de salir a tierra tres sábados consecutivos. Entretanto, ha permanecido oculta. De esto podemos deducir que una sola oveja basta para saciar su apetito durante toda una semana. Si le ofrecemos una oveja cada sábado, no volverá a molestarnos.
— Cincuenta y dos ovejas al año es algo que, entre todos, podemos permitir nos sin dificultad. Hay muchas naciones que tienen deidades a las cuales se ven obligadas a sacrificar una cantidad mucho mayor de animales para apaciguarlas.

Veámoslo de esta manera: una oveja a la semana para evitar el desastre. Quizás nos vaya incluso mejor. Supongamos que, de este modo, logramos ganarnos a la misteriosa criatura y que esta termina convirtiéndose en una bendición para toda nuestra comunidad. Podría tratarse, incluso, de una deidad que ha adoptado una forma sumamente aterradora solo para poner a prueba nuestra fortaleza. Quién sabe; tal vez, gracias a ella, amanezca para nosotros una era de felicidad sin precedentes.
Por tanto, tengamos cuidado: no sea que, al escatimarle el alimento o al dejarnos llevar por el pánico, provoquemos su desprecio.

Este discurso tuvo el efecto deseado. El consejo decidió abstenerse de tomar medidas inmediatas y, con prudencia, acordó explorar los alrededores del estanque a la mañana siguiente.


[continuará: 5. Rumores de discordia]

Monday, 26 October 2026

San Jorge . 3 . El asedio

Exactamente una semana después de haber atrapado a la primera oveja del rebaño, cayó otra víctima —también al amparo de la noche— y, a juzgar por los restos, fue pedazarzada de la misma manera que la primera. Así pues, aunque se tratara de un monstruo, había un método en su proceder.

En consecuencia, se decidió establecer un asedio total en torno a la charca. Jamás se le volvería a dar a aquella bestia la oportunidad de poner una pata en la orilla. Alrededor del estanque se dispuso un cinturón de puestos de vigilancia, que habrían de ser ocupados día y noche por grupos armados, integrados por los hombres más fuertes y valientes.

Durante una semana entera no ocurrió nada. Los guardias empezaban a cansarse. Algunos, bajo la imprudente suposición de que su mera presencia bastaba para ahuyentar al monstruo, incluso llevaron dados a su puesto. Hasta que, en la mañana del séptimo día, la bestia asomó la cabeza sobre el agua.
¡Y qué cabeza!
No era más que fauces. Al abrirse de par en par —como hizo el horrifico—, dejaba al descubierto una doble hilera de colmillos tanto en la parte superior como en la inferior; eran tan aterradores que cualquiera que los viera comprendía al instante que todo lo que quedara atrapado entre ellos sería, sucesivamente, aplastado, destrozado y pulverizado.

El paladar parecía terciopelo rojo. Los ojos estaban situados en el labio superior, al igual que los orificios nasales. De estos últimos brotaban dos chorros de humo pardo. Era evidente que el bruto podía dirigirlos, pues a veces los lanzaba directamente hacia arriba y, otras, los hacía rozar la superficie del agua. La parte visible de su cuerpo estaba cubierta de escamas que brillaban como placas de una armadura, separadas por crestas elevadas y afiladas como navajas.

En un silencio sepulcral, los hombres permanecieron boquiabiertos ante la aparición, que a su vez guardaba silencio. Pero en cuanto la criatura dejó escapar un sonido que resonó sobre el agua, los sitiadores huyeron. Aquel sonido no tenía nada de humano ni de animal; no era un alarido ni un rugido, sino que resonaba como la carcajada de una casa al derrumbarse.

Nadie —ni siquiera el más valiente— se quedó rezagado ni se atrevió a esperar a que la bestia, en caso de acercarse a la orilla, emergiera aún más de las aguas. El solo hecho de verla bastó para sofocar de raíz cualquier atisbo de resistencia. Se desató el pánico: todos huyeron en un desesperado «sálvese quien pueda» hacia el interior de las murallas de su ciudad. Allí, sus relatos exaltados provocaron una alarma generalizada. Se hicieron sonar los tambores y se convocó al consejo con la mayor urgencia.

[continuará: 4. El consejero]

Sunday, 25 October 2026

San Jorge . 2 . El estanque

Todo comenzó cuando la captura de peces en el gran estanque empezó a disminuir, sin que nadie lograra entender la causa. No podía tratarse de una mortandad, pues no se veían peces muertos flotando por ninguna parte. El clima y el nivel del agua permanecían inalterados, y tampoco había nada inusual en el aspecto o el sabor de los peces capturados. La gente no tenía la menor idea de lo que ocurría y, lo peor de todo, el descenso no se detuvo. Al cabo de un tiempo, la captura se redujo a la mitad de su tamaño anterior y, más adelante, a solo una cuarta parte.
Había pescadores que creían notar, a veces, extraños remolinos en el agua que agitaban la superficie desde abajo. Reflexionando sobre la inescrutable profundidad del estanque, algunos imaginaron que este podría haberse conectado con vastas masas de agua subterráneas; pensaban que las poderosas corrientes que allí circulaban lograban manifestarse en la superficie y que, arrastrados por ellas, la mayor parte de los peces habían sido succionados hacia el subsuelo. Hasta que, un día, ante uno de estos remolinos, un par de pescadores vieron emerger del agua una hilera de aletas gigantescas. Aquello resolvió el enigma de inmediato: en el estanque habitaba un pez formidable que devoraba a todos los demás, engordando cada vez más a costa de ello.

Dos pescadores vieron un pez formidable

Todos los intentos por capturar al «Comedón» —como no tardaron en llamarlo— resultaron inútiles. Debía de estar agazapado o escondido en alguna cueva, y parecía mantenerse muy alerta, pues, cada vez que los hombres iban tras él, el estanque permanecía en un silencio sepulcral. Con el tiempo, la captura de peces comunes se redujo a algo tan insignificante que a los pescadores les resultaba más provechoso quedarse en casa para ocuparse de otras tareas; por ejemplo, cuidar de las ovejas. Poder cenar pescado pasó a ser solo un recuerdo, incluso para la familia real. Esta difícil situación, a la que ya se habían resignado en cierta medida, cambió de pronto cuando ocurrió otro suceso extraordinario.

Un día, unos pastores que salían temprano por la mañana hacia sus rebaños se toparon con los restos de una oveja recién devorada. Fragmentos de hueso, mechones de lana ensangrentados y algunas extremidades —orejas, cola y pezuñas— yacían esparcidos sobre la hierba, dando testimonio, de manera a la vez silenciosa y elocuente, de lo que allí había ocurrido. Desde aquel lugar espantoso partía un rastro peculiar: un surco en el terreno, como si alguien hubiera arrastrado un saco pesado, flanqueado a ambos lados por la huella constante de una garra enorme y curva.
Tras una rápida deliberación, los pastores decidieron seguir el rastro; cuál no sería su asombro y su alarma al ver que este se dirigía directamente hacia el estanque y desaparecía en su interior. Regresaron a toda prisa al pueblo, dieron parte de lo hallado y grande fue el revuelo que causó su historia.

El voraz habitante del estanque nunca había sido un simple pez, sino más bien una bestia capaz de desplazarse también por tierra, y con la suficiente agilidad como para atrapar una oveja. Ahora que, al parecer, ya no quedaban peces para saciarla, los habitantes debían vivir con el temor constante por sus ovejas. Estaba en juego un interés común fundamental.
Los nuevos intentos por capturar al monstruo, llevados a cabo con mayores recursos y más personal, resultaron, una vez más, inútiles. El estanque permanecía en absoluta calma. En su refugio inaccesible, la criatura, sin duda, se encontraba digiriendo su presa.

[continuará: 3 . El asedio]

San Jorge . 0 . El dragón está en los detalles

“Cuando el Imperio romano alcanzó su máxima expansión, perdió el interés por seguir creciendo.”

Esta es la primera frase de un relato corto,
«San Jorge» [Sint Joris], escrito por un autor neerlandés inconformista del siglo pasado.
Se hacía llamar «Belcampo» —la traducción al italiano de su apellido— y, sin duda, era un hombre excéntrico. Nacido en 1902, estudió Derecho con la intención de convertirse en notario, siguiendo los pasos de su padre; sin embargo, nunca llegó a ejercer la profesión,
ya que los tiempos —los años treinta— eran difíciles. En lugar de recurrir a las ayudas públicas y sentirse desgraciado, decidió viajar a Italia haciendo autostop hasta llegar al norte de Sicilia. A lo largo del camino se ganó la vida y el alojamiento realizando retratos a lápiz de las personas que iba conociendo, una experiencia que le permitió aprender mucho sobre la psique humana.
Tras la Segunda Guerra Mundial, estudió medicina y se estableció como médico de cabecera en una pequeña localidad rural; una década más tarde, pasó a ser médico de estudiantes en la Universidad de Groninga, cargo que ocupó hasta su jubilación en 1967.

Fue filósofo durante toda su vida. Al regresar a casa tras su aventura italiana, a mediados de la treintena, ya tenía clara su visión general del mundo natural, así como de los seres humanos y sus pasiones; sin embargo, no fue hasta después de su jubilación cuando plasmó todo ello por escrito. Como individualista, desarrolló su propia filosofía —a la que denominó «belcampismo»—, ya que, naturalmente, ninguna de las filosofías existentes hasta la fecha encajaba con su peculiar concepción de la vida y su sentido del humor. Según su obra «La filosofía del belcampismo» [1972], la esencia de la existencia humana —como extensión del viejo adagio «vivir y dejar vivir»— consiste en el propósito de «vivir agradablemente y dejar vivir agradablemente». Todo lo demás, a su juicio, no eran más que palabras vacías.
No obstante, es posible que algo se pierda en esta traducción y que su lema deba interpretarse como: «Prosperar y dejar prosperar».

Belcampo falleció en 1990. Dejó un legado literario compuesto por decenas de relatos y cuentos —en su mayoría excéntricos— escritos con un estilo personal y algo anticuado. Siguen siendo fascinantes y entretenidos gracias a una voz narrativa sutilmente irónica que, aunque parece sencilla, acaba sorprendiendo al lector y provocando, al menos, una sonrisa.

Tomemos la frase que encabeza esta publicación. A primera vista, parece poco menos que peculiar; y, de hecho, esa es su intención. ¿Cómo iba el Imperio a percatarse de que había alcanzado su máxima extensión en el momento preciso en que esto ocurrió?
Pero, antes de sacar conclusiones, echa un vistazo a la continuación:
[continuará San Jorge . 1 . El oasis.]


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Traducción al español: «San Jorge», del inglès IA 2026, Ronald Langereis, editor
En inglés: «Saint George», de Ronald Langereis © 2013 Amsterdam, PDF en linea
El original en holandés: «Sint Joris», de Belcampo, 1983, H.P. Schönfeld Wichers

Traducción en español en curso; Los siguientes episodios se publicarán primero en Blogger.