Friday, 6 November 2026

San Jorge . 11 . El aliento de la bestia

Por extraño que parezca, entre el monstruo y la multitud surgió un vínculo similar al que existe entre un actor y su público.
El comportamiento del animal, inicialmente del todo inocente, acabó convirtiéndose en una auténtica actuación. A veces, actuaba claramente para el público —simplemente alardeando—, dando saltos absurdos, chasqueando las mandíbulas en el aire como si fuera a atrapar un ave en pleno vuelo, o jugando un rato al gato y al ratón con su presa.
Esta peculiaridad introdujo una novedad: se decidió alargar la atadura. De este modo, la oveja tendría más espacio para moverse para ofrecer una resistencia más interesante. Esto, a su vez, provocó una nueva escalada —casi una revolución—, pues resultó que una oveja reaccionaba de forma totalmente distinta a otra. Aunque formen parte de un rebaño, en momentos así, cada animal pone a prueba su propia valía.
Por primera vez, el comportamiento y las emociones de la víctima pasaron a formar parte del espectáculo. Ya no todo giraba en torno a la extraña y desconcertante bestia; la ovejita perfectamente común también se convirtió en objeto de fascinación y, la próxima vez, la atadura se aflojaría un poco más.

De esta manera aprendieron a convivir con la bestia y nadie se sentía infeliz por ello. Al contrario. El programa semanal, si se nos permite llamarlo así, introdujo en sus mentes y conversaciones una vivacidad hasta ahora desconocida y siempre fue sorprendente y emocionante, hasta tal punto que todos lo añoraron durante el resto de la semana.
Al regresar a casa, muchas veces se escuchaba a la gente decir "Ay, qué maravilloso era, mejor que nunca" y «Bueno, la oveja tampoco ha salido tan mal parada».

Esto resultaba tanto más sorprendente cuanto que, a lo largo de la semana, la vida cotidiana seguía su curso habitual, sin cambios. Se suponía que la bestia necesitaba todo ese tiempo para digerir su presa; se la imaginaba descansando plácidamente —o tal vez durmiendo— en su refugio subacuático.
Por ello, no fue sin cierto asombro que, al atardecer, un pastor —quien llevaba un buen rato buscando un cordero extraviado y regresaba a casa bordeando el estanque— reparó en la cabeza del monstruo en medio del agua; o, mejor dicho, en su cráneo, o más exactamente, en la parte de la cabeza donde se hallaban las fosas nasales. Y, además, observó que de dichas aberturas brotaban, con gran fuerza, chorros de un vapor oscuro.

El hombre se marchó rápidamente y, una vez en casa, no tardó en darse cuenta de que, con el viento que soplaba, aquel vapor se dirigiría directamente hacia el pueblo y, posiblemente, se dispersaría por toda la localidad. Aunque esto le inquietó sobremanera, no se atrevió a comentárselo a nadie por miedo a quedar en ridículo.

Pues bien, en las crónicas de los monjes se afirma que el aliento de la bestia era letal. Esto no puede ser cierto, ya que, durante todo ese periodo, nadie en el pueblo murió. Solo para nosotros, que conocemos el desenlace de la historia, resulta evidente el verdadero efecto de aquel aliento: más que matar a las personas, corrompía su carácter.
Debemos suponer que, en repetidas ocasiones y cuando los vientos eran favorables, el monstruo dejaba que su aliento se extendiera sobre el pueblo; una práctica que, por lo demás, ya llevaba realizando mucho antes de que el pastor fuera testigo de ello. El desarrollo posterior de este relato apunta, sin lugar a dudas, en esa dirección.


[continuará: 12. El giro]

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